Los Vientos

Los vientos purifican la ansiedad del mundo. Se mueven en la dimensión de los horizontes. Son azules como los espejismos del cielo y asumen el verde palpitar de las altas montañas, recorren con sus dedos ingrávidos la piel de los grandes océanos, se disfrazan de nieblas y de espumas y se asoman al corazón de los hombres navegando en el tranquilo fluir de sus arterias. Se alimentan de este modo de su principio generador de energía, es decir, los sueños humanos.

En realidad los vientos son los sueños de los hombres que recorren el dilatado espacio de la vida adentrándose en la geografía de los heroísmos y de las soledades, de las terribles cobardías y de la profundidad del amor y en sus largos recorridos por tierras inhóspitas se alumbran sobre todo con la luz de la esperanza sorteando los pétalos desgarrados de las estrellas.

Desde la atalaya de mi palacio de los vientos se puede observar el bien y el mal, la alegría de vivir y el dolor del universo. En realidad en lo alto de mi palacio ondea siempre una bandera blanca que en el fondo no deja de ser un punto de referencia para los pájaros y para los hombres.

Y de todo esto vamos a conversar en este blog.

25 de agosto de 2011

VIENTOS DE ESPERANZA RECORREN EL MUNDO

           Las nuevas generaciones han crecido imparables, arrolladoras, con la bandera de sus pocos años ondeando al viento mientras el mundo les contempla con desconcertante asombro. Son los dueños del futuro y han recorrido todos los caminos de la tierra en una bulliciosa y alegre manifestación de libertad. Frente al desaliento y el desencanto de sus mayores, tantas veces prisioneros en sus limitados recintos interiores, estos muchachos que peregrinan por la vida han sabido transmitir a los cuatro vientos, transformado ya en un lugar emblemático  que pasará a la historia, la frescura de su corazón.
            Ellos no están de acuerdo con la sociedad que han heredado de sus padres pero sin embargo no se indignan, no queman coches, ni edificios, no intentan encontrar en la violencia la solución de sus terribles vacíos. Simplemente se ponen en marcha y recorren pacíficamente  miles de kilómetros en busca de la verdad. Todos ellos necesitan asomarse a ese abismo de luz, como el escritor judío Franz Kafka transformado en la voz dramática del siglo XX, definía a Jesucristo. Han estado muy cerca del sol y de la lluvia, han permanecido días durmiendo al raso, muchos de ellos han pasado hambre y sed como aquellas muchedumbres que seguían al Maestro durante días. Solo que entonces se trataba de cinco mil personas y ahora se han multiplicado en varios millones. No les ha importado en absoluto ni el cansancio ni el esfuerzo. Se han ayudado unos a otros como podían, convirtiéndose en improvisados  voluntarios y dando una impagable lección de generosidad junto a los 22.500 jóvenes de distintos países que se ofrecieron durante meses a la organización, entregándoles lo mejor que tenían, su tiempo, su esfuerzo y su desbordante cordialidad. No dejaba de resultar gracioso contemplar, pocas horas antes de que finalizaran la JMJ, la imagen de algunos de estos muchachos completamente dormidos buscando el apoyo solidario de los árboles después de muchas noches de duro trabajo.
          Benedicto XVI no ha rebajado en ningún momento el mensaje exigente de las palabras de Cristo para acercarse a sus jóvenes oyentes. Al contrario, ha insistido una y otra vez que su seguimiento plantea un compromiso radical, lleno de fuerza y de vida, basado en la alegría, una alegría que constituye la expresión más íntima y conmovedora del amor.  En este sentido no ha dejado de explicarles que “precisamente ahora que la cultura relativista dominante renuncia y desprecia la búsqueda de la verdad, que es la aspiración más alta del espíritu humano, debemos proponer con coraje y humildad el valor universal de Cristo, como salvador de todos los hombres y fuente de esperanza para nuestra vida”.
          El Santo Padre es consciente de las dificultades con las que se van a encontrar  muchos de estos chicos cuando lleguen  a sus propios países, como es el caso de los varios centenares de chinos que han asistido a estas jornadas sin que se haga público en ningún momento su nombre para evitar problemas a su regreso. Por lo tanto les recomienda “que ninguna adversidad os paralice. No tengáis miedo al mundo, ni al futuro, ni a vuestra debilidad. El Señor os ha otorgado vivir en este momento de la historia, para que gracias a vuestra fe siga resonando su Nombre en toda la tierra”.
               Les recuerda que Dios tiene un proyecto de vida para cada ser humano y que a muchos de ellos les conducirá hacia el matrimonio. “Es un horizonte luminoso y exigente a la vez. Un proyecto de amor verdadero que se renueva y ahonda cada día compartiendo alegrías y dificultades, y que se caracteriza por una entrega de la totalidad de la persona. Por eso, reconocer la belleza y la bondad del matrimonio, significa ser conscientes de que sólo un ámbito de fidelidad e indisolubilidad, así como de apertura al don divino de la vida, es el adecuado a la grandeza y dignidad del amor matrimonial”.
          En Cuatro Vientos y ante millares de jóvenes que componían en la dimensión de aquella dilatada llanura la percepción de un mar intensamente  humano, Benedicto XVI resaltó con gran fuerza el papel de la Iglesia señalando que “no es una simple institución humana, como otra cualquiera, sino que está estrechamente unida a Dios. El mismo Cristo se refiere a ella como “su” Iglesia. No se puede separar a Cristo de la Iglesia, como no se puede separar la cabeza del cuerpo”.  En este sentido también quiso destacar que “no se puede seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación de ir “por su cuenta” o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él”.
          Todos nos necesitamos unos a otros, todos nos sostenemos unos en otros como  recuerda el Papa con una claridad que no admite ninguna sombra. “Tener fe es apoyarse en la fe de tus hermanos y que tu fe sirva igualmente de apoyo para la de otros. Os pido que améis a la Iglesia, que os ha engendrado en la fe, que os ha ayudado a conocer mejor a Cristo y, que os ha hecho descubrir la belleza de su amor. Para el crecimiento de vuestra amistad con Cristo es fundamental reconocer la importancia de vuestra gozosa inserción en las parroquias, comunidades y movimientos, así como la participación en la Eucaristía de cada domingo, la recepción frecuente del sacramento del perdón, y el cultivo de la oración y meditación de la Palabra de Dios”. También les exhorta a difundir su fe en todos los ambientes “incluso allí donde hay rechazo o indiferencia. No se puede encontrar a Cristo y no darlo a conocer a los demás. Por tanto, no os guardéis a Cristo para vosotros mismos. Comunicad a los demás la alegría de vuestra fe. El mundo necesita el testimonio de vuestra fe, necesita ciertamente a Dios”.
          En la inmensidad de un cielo azul donde los rayos han llevado a cabo vuelos erráticos de serpentinas durante la noche y en el sosiego de un silencio sobrecogedor se escuchan las palabras del Santo Padre abriéndose camino en el interior del alma: “Pienso que vuestra presencia aquí, jóvenes venidos de los cinco continentes, es una maravillosa prueba de la fecundidad del mandato de Cristo a la Iglesia: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”. También a vosotros os incumbe la extraordinaria tarea de ser discípulos y misioneros de Cristo en otras tierras y países donde hay multitud de jóvenes que aspiran a causas más grandes y, vislumbrando en sus corazones la posibilidad de valores más auténticos, no se dejan seducir por las falsas promesas de un estilo de vida sin Dios”.
          Los ojos abiertos hacia el futuro, los brazos tatuados, la energía de la música rockera que les acompaña siempre, el baile en las venas, la fuerza de su esperanza, su entrega sin límites. No cabe duda, un huracán arrollador de juventud se ha adentrado en el corazón del mundo.

9 de julio de 2011

Las edades de Dios en los campos de Castilla

           Passio… La luz de Dios se extiende por los campos de Castilla transformándose en presencia., introduciéndose en la plenitud de los años, en la luminosa configuración de los siglos. La tierra del mundo se abre de este modo a la misericordia de Dios, a la plenitud de su grandeza en el espejo de oro de los trigos. Es un canto de esperanza frente a la desesperación de tantos hombres sumidos en el más absoluto desamparo, sombras de sol creciendo frente a la invertebrada inercia de los políticos de turno.

           Passio… El alma de Castilla se estremece, tirita bajo el sol abriéndose en la compostura de su vientre de espigas. Es Dios que busca al hombre desde el espacio de su antigüedad, aliviando con ternura sus penas, acariciando sus dolores con silenciosa infinitud. Entre las torres, junto a  vuelos de poderosos horizontes y diapasón de ciguëñas se descubre la llamada definitiva de la pasión encendida en carteles… Passio. En la provincia de Valladolid, en Medina de Rioseco en la Iglesia de Santiago de los Caballeros y en Medina del Campo en la Iglesia de Santiago el Real,  tiene lugar la XVl edición de  Las Edades del Hombre. Se inauguró en el mes de mayo y se puede visitar hasta el mes de noviembre. Como sucede siempre con estas exposiciones constituye un auténtico lujo, un despliegue de belleza y de arte que deslumbra y conmueve al mismo tiempo siguiendo el eje vertebrador de la pasión de Cristo a través del encuentro entre las obras clásicas y contemporáneas.

En este caso, y con una dimensión de llanura infinita, el dolor se transforma en amor como expresa un texto de San Buenaventura en Medina del Campo refiriéndose a ese Dios que carga con el peso de la cruz para asumir las tragedias humanas hasta transformarse en ese abismo de luz al que hacía referencia Franz Kafka.  “Mírale con atención, aconseja el santo a los visitantes de la exposición, y esfuérzate por moverte a compasión y piedad. Mírale atentamente y considera como va encorvado y bajo la cruz y respirando angustiadamente”.

            Allí está el hombre, el Adán arrepentido a tamaño natural, llorando su dolor en el éxtasis del mármol blanco de Carrara. El vocablo hebreo de Adán significa hombre y se transforma en el protagonista aterrado del gran drama de la humanidad que destruyó de un modo trágico el sereno equilibrio del universo. Su autor es Florentino Trapero que realizó esta obra en 1969. Ecce Homo, he aquí al Hombre se explica como una gran luminaria que clarifica las sombras del recorrido tortuoso de los seres humanos. El misterio de la vida  ya puede ser alumbrado a la luz del misterio de Cristo, el hombre nuevo, rodeado por esculturas que parecen servirle de apoyo, como esa maravillosa escultura del Cristo muerto sostenido por ángeles de Diego de Siloé de 1519, el Ecce Homo de Berruguete realizado hacia 1525 o el magnífico retablo de Gregorio Fernández del Cristo crucificado que se sitúa en el primer cuarto del siglo XVll y que se encuentra en la Iglesia parroquial de San Pedro Apóstol situada en Zaratán, un pequeño pueblo muy cerca de Valladolid.

En Medina de Ríoseco también se puede contemplar el Breviario de Isabel la Católica. Este manuscrito se concibió como el más lujoso de los breviarios flamencos y cada página  ha sido iluminada de un modo magistral por los mejores pintores de Flandes. La fuerza y la originalidad de sus miniaturas le convierten en un códice único. La reina recibió este manuscrito poco antes de 1497 de manos de su embajador Francisco de Rojas para conmemorar el doble matrimonio de sus hijos los infantes Juan y Juana con los del emperador Maximiliano de Austria y con objeto de celebrar los éxitos de su reinado como fueron la conquista del reino de Granada y el descubrimiento de América.
         
De igual modo constituye un regalo para el conocimiento la posibilidad de admirar el Libro de Horas de Juana I de Castilla con miniaturas de Gerard Horenbout, el mejor miniaturista flamenco del siglo XVI. Se trata de ilustraciones que se caracterizan por su realismo tridimensional. Junto a ellos se encuentra el códice de Grandes horas de Ana de Bretaña que muestra auténticas pinturas, en lugar de las habituales miniaturas, comparables a pinturas sobre tabla o lienzo y muchos otros como el Apocalipsis de 1313, el conjunto iconográfico más extenso de la Edad Media.

España es un viejo cofre desbordante de inauditos tesoros. Hace unos años tuve la oportunidad de mantener una larga conversación con el joven Juan José Güemes, Secretario general de Turismo y que mantenía una intensa vida política junto a Rodrigo Rato. En ese momento tenían planificado un magnífico proyecto de desarrollo  de un turismo de calidad estrechamente ligado a las rutas del arte que recorren como arterias el cuerpo yacente y dolorido de nuestro país… Passio.

Frente a las hordas de turistas que asolan  nuestros litorales arrasando las costas con hosco espíritu de invasores bárbaros, desnudos de equipaje y desnudos de ideas, armados hasta los dientes con botes de cervezas que transportan desde sus propios países y que practican broncos deportes como tirarse por los balcones hasta encontrar el duro abrazo de asfalto de la muerte o hasta ingresar en la larga lista de jóvenes tetrapléjicos, sería muy deseable que cuando el PP formara un nuevo gobierno dedicara especial empeño a la promoción de este turismo cultural  que ya tenían perfectamente diseñado con Castilla como mapa geográfico de importancia capital. Conviene reflexionar sobre la amarga realidad que expuso Claudio Sánchez Albornoz en el sentido de que “Castilla hizo a España y España deshizo a Castilla”.

Los horizontes se mantienen en una dilatada distancia, azul del cielo, parda de tierra que se diluye como un mar sin principio ni fin, pero como ya expresaba Azorín hablando de Castilla, “no puede ver el mar la solitaria y melancólica Castilla. Está lejos el mar de estas campiñas llanas, rasas, yermas, polvorientas, de estos barrancales pedregosos”. Y más lejos “aparece la sierra baja, hosca, sin árboles, sin viviendas. ¿Cómo es el mar? ¿Qué dice el mar? ¿Qué se hace en el mar?”. Nos envuelve el misterio.

Y mientras tanto, entre los numerosos visitantes que acuden a contemplar “Las edades del hombre” en Medina del Campo una joven pareja contempla con asombro la expresión más sublime del sacrificio de Jesucristo, su entrega como víctima para salvar a la humanidad. Leen atentamente un cartel explicativo con el enunciado “Agnus Dei”. “¿Qué significa eso” pregunta la jovencita de larga melena. Su acompañante no duda un momento. “Significa  los años de Dios”.

Los años de Dios nos recorren, sus edades nos envuelven. Son esperanza en el miedo, luz que alumbra la oscuridad de un futuro sin futuro, paz en las noches inquietas cuando la tierra se vuelve mar y la voz de Dios es un susurro de sosiego, un murmullo de olas enganchadas en la esférica posesión de la luna. Dios sobre los campos, Dios sobre el alma de Castilla, Dios en el corazón de cada hombre… Passio.

14 de junio de 2011

El corazón de Borges en La Casa de América


Veinticinco años después de su muerte Borges se sitúa más allá de la frontera de nuestras vidas, inmerso en su portentosa eternidad, y al mismo tiempo más cercano que nunca, observándonos desde la infinita oscuridad de su mirada, desafiando los moldes de la realidad establecida con la distorsión de su irónica sabiduría, estructurando pactos de silencio en búsqueda de asombrosas iluminaciones, envolviendo los erráticos caminos de nuestra sociedad  con un deslumbrante manto de erudición.

En la necesidad que nos envuelve de sentirle cerca, tan gran creador de tantas criaturas que recorren las vidas de los seres imaginarios, la Casa de América ha montado un interesante ciclo que ha seguido con gran atención un público joven y que tenía el hermoso título de “Milonga de arena, rosa y laberinto. Jorge Luis Borges 25 años después”.Le recordaron personajes tan cercanos a su propia historia como María Kodama o a su intensa creación  como Ignacio Echevarría, Marcos Ricardo Barnatán, Luis García Montero, Alberto Manguel, el escritor y editor argentino-canadiense que según afirma, “en el futuro el mero hecho de leer se convertirá en un acto de rebeldía” o el brillante escritor argentino Ricardo Piglia, ganador del Premio  Rómulo Gallegos 2011 por su novela “Blanco nocturno” y profundo conocedor de la obra de Borges a cuyos múltiples espejos ha podido acercarse a través de los distintos planos de brillantes conferencias y ensayos.

Hace ya una serie de años un amigo argentino periodista que conocía mi admiración y mis largos recorridos por el universo de Borges perdiéndome en la magia de sus laberintos, en la multiplicación permanente de inalterables presencias o en las bifurcaciones vitales de la propia realidad que engendran historias paralelas y miméticas, este amigo me hizo un regalo que conservo siempre cerca.  Se trata de “La rosa profunda”, un libro de poemas publicado en Buenos Aires en agosto de 1975  con una dedicatoria del autor, una firma de ciego sintetizada en tres trazos ininteligibles y ascendentes, una línea que se transforma en un punto sobre un plano, la realidad metafísica de Kandinsky.

En el prólogo, Borges explica que por Musa debemos entender lo que los hebreos y Milton llamaron el Espíritu y lo que nuestra triste mitología llama lo Subconsciente. Su proceso creativo, según explica, suele ser invariable: “Empiezo por divisar una forma, una suerte de isla remota, que será después un relato o una poesía. Veo el fin y veo el principio, no lo que se halla entre los dos. Esto gradualmente me es revelado, cuando los astros o el azar son propicios. Más de una vez tengo que desandar el camino por la zona de sombra. Trato de intervenir lo menos posible en la evolución de la obra. No quiero que la tuerzan mis opiniones, que son lo más baladí que tenemos. El concepto de arte comprometido es una ingenuidad, porque nadie sabe del todo lo que ejecuta”.

1 de junio de 2011

La música del paro

El paro tiene música. Ronca, nostálgica, desesperada. Son cinco millones de sonidos que recorren las arterias de ese cuerpo gigantesco  que es el metro, con brazos y piernas de hierro que se extienden a lo largo de cientos de kilómetros explorando los sentimientos íntimos de la miseria humana.

Son los mismos hombres y mujeres que cantan y cantan sepultados bajo tierra durante horas en las mismas esquinas de los andenes. Son ya caras conocidas, familiares, que forman parte de ese paisaje subterráneo del alma. Nadie se indigna por ellos, no tienen espacio en las ansiedades de los jóvenes que acampan. Son extraños al mundo, emigrantes, sin rostro, sin identidad, sin papeles. Sólo cantan y cantan observando con ansiedad una humilde lata donde bailan unas solitarias monedas para poder subsistir o quizá para conservar su dignidad de seres humanos. Sueñan que trabajan, sueñan que debutan en ese escenario infernal.

A veces sus voces poseen una belleza estremecedora. Fados portugueses que vibran con dulzuras de nostalgia entre pulmones de plomo, baladas rumanas como luces de amor entre tanta oscuridad subterránea. Rostros de amores perdidos, de hijos lejanos, de padres con perfil de eternidad que viven confiados sabiendo que trabajan y que ¡al fin! han encontrado un universo nuevo y confortable que les ha recibido con los brazos abiertos como les cuentan desde los locutorios.

            Pero no, en ocasiones el metro se convierte en una noche mulata y caribeña estremeciéndose con bruscos ritmos de palmadas en el luminoso trasero de la vida. Cantan en equipo, Tito Puente, el rey de los timbales, flaco y cetrino, Charlie Sepúlveda abrazado a su trompeta sujetándose los pantalones con un viejo cinturón, Giovanni Hidalgo, congas y chekere y el tema “Obsesión” mientras pasa delante de ellos la vida atropellándoles, miles de viajeros con prisa, pisándoles el tiempo los talones y estos tíos con mambos y bebop o quien sabe, guarachas y salsas junto a las escaleras metálicas, polirritmos africanos en el otro andén, guagancós al volver el pasillo, el circo del dolor cargado de ritmo, que venga Rubalcaba a saltar un rato, que venga la Espe a bailar, que venga la clase política a darse un garbeo por el metro de incógnito, que sepan lo que es la alegre vida latiendo despreocupadamente en el corazón de España.
            Sin embargo, tranquilos, nadie les ve ni nadie les escucha, ni siquiera los miles de muchachos que mueven los brazos con tanta gracia en la superficie de la tierra recuerdan a los cinco millones de parados (a pesar de que ellos también lo están), ni señalan con el dedo al gobierno, ni tienen palabras de ánimo destinadas a los zombis que viven en las catacumbas, criando sonidos. Tranquilos, nadie los ve ni nadie los escucha.

            “The Washington Post” llevó a cabo una investigación perturbadora. Un hombre joven, vestido de negro, con una visera negra en la cabeza sacó su violín y empezó a tocar un día gélido del mes de enero en una estación de metro de Washington. Durante 45 minutos interpretó seis obras de Bach. A lo largo de ese tiempo pasaron a su lado alrededor de mil personas que se dirigían a sus trabajos. Tuvo suerte, al cabo de cuatro minutos una mujer le arrojó un dólar y siguió su camino. Poco después se paró un hombre a escuchar pero miró su reloj y siguió su camino también. El que puso más interés fue un niño de tres años que se empeñó en quedarse allí pero su madre le arrastró para seguir su camino como es lógico. Eso sí mientras andaba volvía la cabeza para escuchar. Lo mismo sucedió con otros niños que iban a la guardería. Durante ese tiempo sólo se detuvieron siete personas y otras veinte dieron dinero sin pararse. El violinista consiguió 32 dólares. Cuando terminó nadie le aplaudió, ni le miró, nadie se dio cuenta de que había dejado de tocar.

            Resulta que el artista del metro era Joshua Bell, uno de los mejores músicos del mundo tocando las obras más complejas que existen. He tenido la oportunidad de escucharle y realmente su música es de una perfección técnica y de un sentimiento conmovedor. Eso sí, tocaba en el metro con un Stradivarius valorado  en 3´5 millones de dólares. Sin embargo, tranquilos, nadie le vio ni nadie le escuchó. Bien es cierto que dos días antes de su actuación agotó las localidades un teatro de Boston con entradas que costaban una media de cien dólares.

            En esta ocasión la belleza y el talento se transformaron en sombrío vapor y el alma del violín perdió su compostura. Pero la música del paro es mucho más sencilla, se mueve en el pentagrama de la necesidad y sus notas se introducen entre las cuchilladas de la vida. Generalmente la música del paro nace y muere entre las notas broncas del acordeón.

            Pio Baroja lo sabía y por eso escribió ese sentimental elogio destinado al instrumento más humilde del mundo. Claro que cuando habla de barcos hay que contemplar vagones del metro y en lugar de un mar acerado en asfalto la sucinta dimensión de los andenes. Pero es la misma voz humilde que aburre, que cansa, que fastidia pero que alienta la hermosa transparencia de una vida vulgar.

                   

                  ELOGIO SENTIMENTAL DEL ACORDEÓN
Pío Baroja

¿No habéis visto, algún domingo, al caer la tarde, en cualquier puertecillo abandonado del Cantábrico, sobre la cubierta de un negro quechemarín, o en la borda de un patache, tres o cuatro hombres de boina que escuchan inmóviles las notas que un grumete arranca de un viejo acordeón?

Yo no sé por qué; pero esas melodías sentimentales, repetidas hasta el infinito, al anochecer, en el mar, ante el horizonte sin límites, producen una tristeza solemne.

A veces, el viejo instrumento tiene paradas, sobrealientos de asmático; a veces, la media voz de un marinero le acompaña; a veces también, la ola que sube por las gradas de la escalera del muelle y que se retira des­pués murmurando con estruendo, oculta las notas del acordeón y de la voz humana…

Pero luego aparecen nuevamente y siguen llenando con sus giros vulgares y sus vueltas conocidas el silencio de la tarde del día de fiesta, apacible y triste.

Y mientras el señorío del pueblo torna del paseo; mientras los mozos campesinos terminan el partido de pelota, y más animado está el baile en la plaza, y más llenas de gente las tabernas y las sidrerías; mientras en las callejuelas, negruzcas por la humedad, comienzan a brillar, debajo de los aleros salientes, las cansadas lámparas eléctricas, y pasan las viejas, envueltas en sus mantones, al rosario o a la novena, en el negro quechemarín, en el patache cargado de cemento, sigue el acordeón lanzando sus notas tristes, sus melodías lentas, conocidas y vulga­res, en el aire silencioso del anochecer.

¡Oh la enorme tristeza de la voz cascada, de la voz mortecina que sale del pulmón de ese plebeyo, de ese poco románticos instrumento!

Es una voz que dice algo monótono, como la misma vida, algo que no es gallardo, ni aristocrático, ni antiguo; algo que no es extraordinario, ni grande, sino pequeño y vulgar, como los trabajos y los dolores cotidia­nos de la existencia.

¡Oh la extraña poesía de las cosas vulgares!

Esa voz humilde que aburre, que cansa, que fastidia al principio, revela poco a poco los secretos que oculta entre sus notas, se clarea, se transparente, y en ella se traslucen las miserias del vivir de los rudos marineros, de los infelices pescadores; las penalidades de los que luchan en el mar y en la tierra, con la vela y con la máquina; las amarguras de todos los hombres uniformados con el traje azul sufrido y pobre del trabajo.

¡Oh modestos acordeones! ¡Simpáticos acordeones! Vosotros no contáis grandes mentiras poéticas, como la fastuosa guitarra; vosotros no inventáis leyendas pastoriles, como la zampoña o la gaita; vosotros no lle­náis de humo la cabeza de los hombres, como las estridentes cornetas o los bélicos tambores. Vosotros sois de vuestra época: humildes, sinceros, dulcemente plebeyos, quizá ridículamente plebeyos; pero vosotros decís de la vida lo que quizá la vida es en realidad: una melodía vulgar, monótona, ramplona, ante el horizonte ilimitado...

16 de mayo de 2011

Editores que tachan el amor


Lo descubrí entre papeles y sin firma cuando en Madrid se iniciaba la mágica posesión de la noche. En realidad me encontré frente a frente con un deslumbrante poema y decidí llamarle “Amor tachado” porque en efecto, tachado estaba, con una línea diagonal que lo divide como una enorme herida y que constituye una muestra evidente de su inutilidad. Así que me he apresuré a abrirle de par en par las hermosas puertas de la vida on-line en homenaje a tantos poetas anónimos que se pierden por el mundo.

Vivimos en tiempos difíciles para que la belleza pueda volar libremente por los luminosos espacios de la libertad perseguida por los vuelos de los pájaros oscuros que invocan el feísmo como motor del progreso creativo. Se trata de lobbys determinantes donde la literatura se pliega a la inversión financiera, a los latidos del negocio marcados por los best-sellers prefabricados en las bodegas de las multinacionales, donde sobran magdalenas histéricas, templarios desbocados y búsquedas desesperadas de santos griales ¿Y qué falta? Falta su auténtica esencia, su elemento más dinámico y más humano que es la creatividad así como su respiración más prodigiosa que es la belleza.

Dostoievski escribió unas enigmáticas palabras en “Los hermanos Karamazov” que sobrecogen por su trascendental sentido: “La belleza salvará el mundo”. Es evidente que el ser humano tiende a la belleza, a la armonía, al asombroso descubrimiento de su propio universo interior. Es la hora de transformar nuestro propio mundo junto a la magia de un poema, la contemplación de un cuadro o el encuentro con tantas expresiones del arte que van configurando ese tesoro inapreciable que es la sensibilidad.

Señores editores, ¡cambien el chip de la banalidad! Den paso a la belleza y se encontrarán con gran número de lectores en busca de poetas anónimos. Al menos entre tanta zafiedad y entre tanta basura conseguirán que florezcan los brotes verdes de esa hermosa planta que es la dignidad.

En homenaje al amor y a aquellos editores que saben descubrirlo.

Amor tachado

Viví, amor, encardinados mis sonidos
a tu letal música de hombre,
investidos como un sauce de tormentas,
de muerte ardiendo
en el fulgor de los miedos medievales
o en la esmeralda silvestre
de un aliento.

Y eras, amor, un corazón de muchedumbres,
trepadoras de rocíos
y de palabras boreales,
de cíclopes rubios y algas atmósferas
en las azuladas espinas
de un doméstico calvario.

Te ví anunciando el mar en mi recuerdo,
en el cemento herido por tus huellas,
puede ser en las malvas caracolas
o en las arterias históricas
de un héroe
florecidas de estrellas líquidas.
En venas y en las persas soledades
erizadas de grietas y distancias
sobre el musgo del vientre de los siglos
o en crepúsculos albinos.

 No sé, no sé a qué corazón despedazaron
con esquirlas agudas de esperanzas
y otros sueños,
con los rayos frutales de la tierra
si en la goma dos aún goteaban
las tristezas más brillantes.

Y me abrazaste, una línea,
una calma del misterio,
un sollozo verde,
una gaviota encarcelada.


     (He vuelto a leer las palabras desvaídas del “Amor tachado” y me sorprende porque la escritura de su autor se parece a la mía. Debe de ser que los poetas anónimos tenemos muchos puntos en común).